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El tiempo detenido

Enfrentando paradójicamente la disciplina con la libertad expresiva y compositiva, es como podemos acercarnos a la obra de Paula Cahen D´Anvers. En ella, dos sistemas que parecen opuestos, se alinean y logran convivir de modo lógico y armónico.
La superficie pictórica se presenta para la artista, como el campo de lo posible, más allá de toda convención determinada a priori. Se trata de un espacio que solo es verdadero con sí mismo, y en ese gozo que solo otorga lo genuino, se debaten los colores, las transparencias y las texturas en un diálogo placentero.
A veces es la línea el elemento estructurante. Una línea que no es rígida y mucho menos forzada, sino que deja traslucir el fluir de una mano que se siente a gusto y confiada en el recorrido que traza.
En otras ocasiones, el eje está puesto en alguna forma principal, preferentemente de contorno orgánico, celular, de bordes dóciles y suaves, donde el acento determinante está ubicado en su color contrastado.
En ambos casos, las pinturas se sostienen a partir de una intuición que ha sido guiada tras varios años de estudio y práctica, transformando la composición en un lenguaje invisible que solo puede compartir aquel que logra una real conexión con la obra.
El tiempo está detenido. Cuando Paula produce, un instante se congela, un lapso puede durar horas o minutos, porque no está conducido por las agujas del reloj, sino por una pulsión que responde a una necesidad interna. Y por lo tanto tampoco es el resultado el objetivo, sino el proceso y el dejarse transcurrir en las vacilaciones y las incertezas a las que todo proceso artístico desafía.
Transcurrir ese momento sin pensar en las causas o los efectos, requiere de un laborioso despojo que es donde es posible ubicar aquella disciplina que se mencionaba al inicio. Solo a partir de entonces es cuando la real libertad puede hacer su aparición y la identidad de la obra emerger.

María Lightowler - Octubre, 2021